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Conociendo a José Emilio Pacheco


Conociendo a José Emilio Pacheco

Cuando mi maestra de oceanografía me mostró el libro, con una sonrisa en el rostro, no imaginaba la sorpresa que me aguardaba. Era un libro pequeño, nada pretencioso. Además del título, el nombre del autor acaparó mi atención: “El principio del placer” de José Emilio Pacheco. JEP, para tirios y troyanos.

  Yo había empezado a leer, muy de vez en cuando, la columna que publicaba en el Excélsior de aquellos tiempos, firmada con sus iniciales. Es más, dada mi escasa formación literaria, yo creía que esas tres letras eran un seudónimo. Y no era nada raro pensar así. Muchos de los pocos autores que había leído, resultaron llamarse de otro modo y no como en sus libros decía. Pablo Neruda, Rubén Darío, por ejemplo. Aunque es comprensible, no me imagino leyendo la Oda al gato firmada por Neftalí Reyes.

  En ese entonces, JEP era para mí un crítico literario, poseedor de un gran bagaje cultural, de una prosa clara y accesible. Sus Inventarios me ayudaron —y me ayudan, todavía— a entender muchas cosas y a reafirmar una: que si quería dedicarme a la escritura, primero tenía que leer, leer y estudiar mucho para poder exponer mis ideas con claridad y firmeza. Jamás pretendí llegar al nivel cultural que mostraba el autor de Batallas en el desierto. En última instancia, me conformaba con tener las ideas claras, al menos para mí, ya no digamos para transmitirlas, exponerlas en la plaza pública y arriesgarme a ser sacrificado para calmar la ira de los dioses.

  Fue la misma maestra quien me dijo que también era poeta. No lo podía creer. No me imaginaba a esa persona tan culta escribiendo poesía. Para ese tiempo, ya leía sus Inventarios en la revista Proceso. Además de deslumbrarme e instruirme con ellos cada semana, me era más accesible su contenido. A tontas y a locas, yo también había avanzado, así haya sido sólo un poco.

“Mira, Pablo”, me dijo, “la próxima vez que vaya al D.F., (así le decíamos a la hoy flamante Ciudad de México), te traeré un libro de su poesía”. La promesa no pudo cumplirse porque al poco tiempo recibió una oferta de trabajo difícil de rechazar.

  En Acapulco, donde yo vivía en ese tiempo, era casi imposible encontrar buenos libros. La mayoría eran best sellers, carísimos y que, además, no me interesaban. Fue hasta años después cuando pude adquirir algunas de sus obras (Morirás lejos, Las batallas en el desierto). Pero seguía sin leer su poesía, a excepción de algunas cosas sueltas que vi publicadas. Leí poemas de él en alguna antología o en un suplemento, ya no recuerdo bien a bien dónde.

“¿Por qué no nos reunimos un día para leer poemas de Pacheco?”, me preguntó otro profesor, también admirador de JEP y conocedor de mi interés por él. “Cuando guste, será un placer. Será el principio del placer”, repliqué.

  Y así fue. Varias veces nos reunimos, el maestro, otras personas y yo, a leer poesía de Pacheco y a degustar una cerveza fría, como mandan los cánones tropicales.

  Pero no sólo fue placer. También conocimiento. Aprendí que no toda la poesía está escrita con frases ampulosas. Comprendí mejor la frase de Enrique González Martínez al criticar al Modernismo: “Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje.” A partir de ahí, traté de conseguir algunos de sus libros pero, como apunté antes, en Acapulco no los había. En Chilpancingo tampoco.

  Fue años después cuando los conseguí. No todos, por supuesto. Hasta que adquirí Tarde o Temprano. Leí sus traducciones que él llamó, sabiamente, “Aproximaciones” y los cuatro cuartetos de TS Eliot. Y aprendí un poco más.

  También he conseguido lo que parecía ser un imposible. Tengo una antología de sus inventarios, publicada por Era. Tiempo, tiempo es el que me falta para leer muchos que no conocía. Tiempo para releer y recordar otros que había leído. En los últimos años, lo poco que escribo de poesía está marcado por Pacheco. Qué le voy a hacer. No soy un malagradecido. No negaré la cruz de mi parroquia.

  Este conocimiento, así sea mínimo, puso en mis manos dos proyectos. Uno, de una estudiante de ciencias de la comunicación, que creó, como un ejercicio, una página sobre Pacheco. Para ello pidió mi opinión; tiempo después, me dejó la página. No quería cerrarla pues estaba creciendo. Deseaba mantenerla, pero carecía de tiempo y pensó en mí. La mal administro, debo confesar. Otro, un grupo ya existente al que ingresé; también, no sé por qué, al poco tiempo me fue dejada para administrarla y ahí va. Llevamos a la fecha cinco mil seguidores. Lentamente, pero crece.

  Me gustaría seguir escribiendo sobre Pacheco. Sin embargo, lo mejor es recomendarles su lectura, sobre todo a las nuevas generaciones. Muchos aprendices de poetas creemos que basta con escribir frases cortas y en columna para hacer poesía. Una gran falacia. Detrás de un poema, por corto que sea, hay todo un saber acumulado. Toda una serie de aprendizajes. De escribir, borrar, reescribir. Borges decía, palabras más, palabras menos, que la escritura se hace con la goma y no con la punta del lápiz. Nunca se termina de revisar. Decía Pacheco, citando a Alfonso Reyes, que no hay obra terminada, sino obra abandonada.

Como bien aprendí de JEP: No hay mejor obra nuestra publicada. La mejor es la que estamos por escribir.

Terminaré citando los versos que escribí para José Emilio Pacheco cuando murió

DESPEDIDA (Para JEP)

Como tú,
He hurgado entre la arena,
Buscando el oro
Para encontrar solo baratijas.
La arena,
Se me ha escapado de las manos,
Igual que el tiempo, ese inefable,
Se escabulle o, como la vida.
Encontré,
Y me queda, todavía,
Como a la caja de Pandora,
La Esperanza.
Y, casi perdidos,
En el último recoveco,
Algunos pocos versos
-éstos, entre ellos-
Que hoy te brindo
En señal de despedida.

Pablo Valladares