background

Tico


Tico

Recorto la figura con cuidado, es asombroso, la consiguieron para mí. La sonrisa divertida de este niño de acuarela es perfecta. Después de fijar con bastante pegamento, escribo muy concentrada y despacio “Tico”. Listo: por fin está en el álbum. Tico. Entre más lo pienso más lágrimas caen sobre el papel y bañan todo con recuerdos. ¿Han sido cincuenta? No, sesenta años ya.

  Antes de poder evitarlo, la atmósfera y esta lucidez que viene y va se incorporan en una sombra de detalles pasados: los árboles gigantes y las mañanas heladas comienzan a rodearme. Lo veo, un pequeño de 10 años, piel morena y ojos risueños color neblina. Está parado en el patio, habla con ese canario que sólo canta cuando él llega. Salgo de prisa a formarme en la fila de selección para que el juego inicie, junto a mí están Ángela y Sira, dejaron sus quehaceres para venir. Mientras esperamos a las demás, Ángela me peina y yo le aviento la mano. “Si no te dejas peinar, la Titi volverá a raparte”. Sólo alzo los hombros, de verdad no me importa.

  Como siempre, Herminia lidera uno de los equipos, “gallo, gallina, gallo, gallina”. El pie de Tico termina sobre el de ella, pero no lo deja elegir primero. Después de que grita y se queja, la dejamos formar su equipo y escoge sólo a las más rápidas, a las más grandes; era de esperarse, me quedo en el equipo de Tico, pero él no se queja y me sonríe. A los seis años es difícil pensar con claridad, no sé mucho, pero de algo estoy segura: Tico es bueno y me quiere. Le regreso la sonrisa con entusiasmo, nos dice el plan y todas vamos a nuestros lugares, el futbeis comienza y de inmediato tomamos la delantera, el sudor se junta en las pestañas y no nos deja ver.

  Pelotas eclipsando el sol, raspones en las rodillas: al final ganamos, no por nosotras sino por Tico, pero él nos da crédito a todas mientras saltamos por el jardín. Herminia no puede más, Tico gana aun cuando ella le deja a los peores elementos de la casa hogar (hogares sustitutos, como dice la trabajadora social: hay niñas cuyas madres no pueden dejar el trabajo y también estamos quienes no tenemos a nadie). Aunque son primos, cuando se trata de Tico la envidia la ahoga, con cualquier pretexto lo lastima, en más de una ocasión lo he visto con las mejillas ardientes por los golpes, él no dice nada, va a casa y temo que no vuelva, pero al tercer día regresa aún más sonriente, con un juego nuevo. Me pregunto por qué no lo quería

  Ya no logro ver tan claro su rostro, aun cuando trato con fuerza, los otoños han arrastrado sus rasgos, sin embargo, ese día lo recuerdo, casi con cada hoja seca a mi alrededor. Tico y yo nos quedamos a jugar en la gran tina donde juntamos el agua para la semana, sabe hacer los mejores barcos de papel. A pesar de que nos traerá problemas, nos mojamos hasta que el sol palidece. Puedo oír a Herminia gritando, nos distrae y giramos la cabeza para buscarla, ¿Qué hace en la azotea? ¿Qué es lo que tiene en las manos?

  Lo arroja. Alcanzo a oír el golpe y de un segundo a otro Tico está en el suelo, junto al ladrillo que lo golpeó en la cabeza, se me escapa el aire en un intento inconsciente de que él respire; corro a buscar a la Titi, debe estar en la sala, tejiendo, tiene que ayudarlo, tiene que cuidar de nosotros, para eso está aquí.

  Cuando Tico despierta, aún estoy sentada a su lado, nadie se atrevió a contarle a la Titi el episodio y él insiste en que fue un accidente: está defendiéndola, no logro entender. Siento un vacío en el estómago cuando llega la mamá de Tico, lo observo tomar su chaqueta, parece estar bien, le limpiaron la sangre con alcohol y nadie le menciona nada a su madre. Herminia soltó una sola lágrima con la esperanza de que no digamos nada, prometió dejarlo en paz. Ojalá pudiera ir con él. Cuando me mira y promete volver el martes, no estoy segura de que vendrá.

  Ha pasado una semana desde el último partido, estuve a diario mirando por la ventana, sólo me puedo concentrar en el canario, hace mucho ruido y no deja de gritar y arrojarse contra la jaula.

  La Titi nos junta a todas en el comedor, creí que oiríamos la radionovela “Carlos Lacroix” como todas las tardes, pero la noto seria, no ha dicho nada y ya siento cómo se me oscurece el corazón. Habla de él de la manera más distante, sin detenerse. Habla de la clase de natación (cuánto deseaba que me llevara a esa clase) y casi puedo verlo, alegre como siempre, saludando a su mamá para que lo vea dar su clavado, y después, su último suspiro transformado en burbujas de aire plateado; un pequeño cuerpo inundado de hilos reflejos de luz en el fondo de la alberca; ese golpe fue más grave de lo que pensamos. Su mamá se ve tan confundida, parece no entender, pero yo sí. Miro de reojo a la ventana vacía, el canario escapó. Tico se ha ido y nuestra pequeña ave fue tras él.

  Abro los ojos, hace frío, entra la luz que aún es cálida. Sin parpadear, abrazo el álbum, seco las hojas con la manga y la sonrisa dibujada de Tico se distorsiona un poco.

Izel Flores